El Big Bang fue como un trueno cósmico que hizo vibrar el tejido del espacio. Estas vibraciones — ondas gravitacionales — aún resuenan por el Universo, como un eco de aquel lejano evento. Cuanto más fuerte fue la 'explosión' original, más agujeros negros primordiales deberían haberse formado. Sin embargo, los astrónomos, al escuchar este murmullo mediante una red de púlsares (estrellas giratorias que pulsan como relojes atómicos), captaron una señal que exigía demasiados agujeros negros: surgió una contradicción.
La solución vino de donde menos se esperaba: el tercer eco, el más débil. Al igual que el sonido tiene armónicos, las ondas gravitacionales poseen ecos de órdenes superiores. Los cálculos previos solo consideraban el primer y segundo eco; añadir el tercero, apenas perceptible, paradójicamente amplifica la señal predicha. Gracias a esto, la misma señal observada puede provenir de un número mucho menor de agujeros negros, lo que concuerda tanto con el resplandor del Big Bang como con la distribución de galaxias.
Los púlsares son relojes cósmicos naturales: la estabilidad de su rotación rivaliza con los mejores relojes atómicos en la Tierra, permitiendo detectar desviaciones de billonésimas de segundo.
La detección de ondas gravitacionales de los primeros instantes del Universo recuerda a la trama de 'Contacto' de Carl Sagan, pero en lugar del susurro radial de civilizaciones lejanas, es el temblor del propio espacio-tiempo.