Forzaron a una nube de átomos de cesio a comportarse como una sola cuerda cuántica. Al iluminarla con un láser y dejar que las partículas interactuaran, los científicos pusieron en marcha oscilaciones autosostenidas: el ritmo surgió sin un director externo.
Las ondas de radio actuaron como los trastes en un mástil: se podía cambiar suavemente la frecuencia del sonido. Y bajo una excitación potente, la cuerda parió una serie de armónicos: aparecieron múltiples frecuencias equidistantes, como los dientes de un peine. Este peine de frecuencias es una herramienta clave para los relojes ultraprecisos.
El análisis detallado de la luz emitida (espectroscopía) y la medición precisa de su brillo (fotometría) permitieron construir un modelo sencillo, similar a un generador clásico. Este modelo explicó el comportamiento de la cuerda cuántica y abrió el camino hacia la creación de simuladores cuánticos controlables: plataformas para estudiar los ritmos colectivos en el micromundo.
Una cuerda de guitarra tampoco produce un solo sonido: el tono fundamental está rodeado de armónicos con frecuencias múltiplos, formando un peine de frecuencias natural.
Quizá algún día estas cuerdas cuánticas canten complejas sinfonías, guiadas solo por un rayo de luz.