Los arrecifes anulares, los atolones, suelen explicarse así: los corales crecen en el borde de una isla volcánica mientras la isla se hunde lentamente. Queda un anillo hueco que puede extenderse por kilómetros. Pero las imágenes de satélite muestran anillos similares también en arrecifes muy pequeños, donde no hay volcanes ni hundimiento. A veces, pequeños anillos aparecen dentro de grandes atolones, como anillos dentro de anillos.
Los autores del nuevo trabajo decidieron comprobar si los anillos pueden formarse por sí solos, debido a la interacción entre el crecimiento de los corales y las corrientes marinas. Construyeron un modelo computacional: los corales crecen según reglas simples, mueren por falta de alimento o por corrientes demasiado fuertes, y el agua se mueve según las leyes de la física. Lanzaron la simulación y obtuvieron arrecifes anulares de diversos tamaños: desde pequeñas manchas hasta grandes atolones. Las formas coincidieron con las reales.
El modelo no solo dibujó imágenes parecidas. Reprodujo las regularidades numéricas de las bases de datos globales: cómo se relaciona el tamaño del arrecife con su forma y cuál es su dimensión fractal (una medida de lo irregular del contorno). Esto significa que los arrecifes anulares no son siempre consecuencia de un volcán. A veces, el océano los moldea por sí mismo.
Este mecanismo explica por qué los anillos aparecen en escalas muy diversas, desde metros hasta decenas de kilómetros. La naturaleza usa la misma receta: crecimiento más corriente. Y entonces el atolón no es un monumento a un volcán hundido, sino un patrón vivo que dibuja el agua.
La dimensión fractal es un número que indica cuán irregular es un contorno. En los arrecifes anulares, es cercana a 1.3, como la línea de costa de Noruega.