En el CERN, en la fábrica de antimateria, los antiprotones nacen con una energía comparable a la de una bala de rifle. No se pueden simplemente meter en una caja: desaparecen al instante al tocar materia ordinaria. Por eso los físicos han ideado atraparlos en trampas electromagnéticas: jaulas invisibles hechas de campos.
Antes, el haz de antiprotones se frenaba haciéndolo pasar por una fina lámina metálica. Las partículas perdían energía, pero muchas morían. En el experimento GBAR se ha optado por otro camino: frenar el haz con un campo eléctrico, como un ascensor que baja suavemente al pasajero en lugar de un golpe seco contra el suelo. Tras esta frenada, los antiprotones entran en una trampa donde se enfrían aún más con una nube de electrones fríos, que absorben el exceso de energía como el agua fresca enfría una tetera caliente.
¿Para qué tantos antiprotones? Con ellos se ensamblan átomos de antihidrógeno, el gemelo especular del hidrógeno ordinario. Luego los físicos quieren dejar caer estos átomos y observar si caen hacia abajo, como todo lo demás, o si quizás levitan. La respuesta dirá si la antimateria obedece a la misma gravedad que la materia.
Los antiprotones atrapados no solo se pueden almacenar, sino también acelerar de nuevo hasta la energía deseada, formando un denso paquete. Es como comprimir un muelle y soltarlo en el momento justo. Así nace un haz de antiprotones para producir antihidrógeno: los ladrillos con los que se construirá el experimento de caída de la antimateria.
Un antiprotón detenido en la trampa se mueve más lento que un peatón paseando: su energía corresponde a una temperatura inferior a la del espacio exterior.
En la serie «Star Trek», los motores de las naves funcionan con la reacción entre materia y antimateria; en el CERN, por ahora, atrapan antiprotones para comprobar cómo caen.