Pronosticar el tiempo es como intentar predecir hacia dónde rodará una piedra por una ladera, conociendo la forma de cada bulto y la fuerza del viento. Si te equivocas al principio, en una semana el error se convierte en toda una tormenta. Antes, para hacer pronósticos precisos se necesitaban enormes computadoras y cálculos de varios días. Ahora existe el modelo Sonny, que hace lo mismo con una sola tarjeta gráfica.
Sonny funciona en dos pasos. Primero, una capa estrecha pero profunda del modelo sigue los grandes movimientos del aire, como un observador que ve toda la ladera y entiende hacia dónde rueda la piedra en general. Luego, una capa ancha añade detalles: calor, humedad, fricción. Este enfoque permite no ahogarse en los detalles, pero tampoco perder la visión general. Para que el pronóstico no se desmorone a largo plazo, durante el entrenamiento se usa una regla simple: el modelo promedia ligeramente sus parámetros todo el tiempo, como si mirara hacia atrás a los pasos anteriores.
Los trópicos son el lugar más caprichoso para un pronosticador. Allí el aire está saturado de humedad, y el más mínimo empujón puede generar un tifón. Sonny ha aprendido a ver esos vórtices incipientes antes que otros modelos ligeros. Esto es importante para los países donde los tifones destruyen casas y cobran vidas cada año.
La piedra en la ladera es el clima. Sonny no solo la observa, sino que entiende cómo las irregularidades del terreno y las ráfagas de viento cambiarán su trayectoria. Y lo hace de forma tan económica que ahora incluso un pequeño grupo universitario puede permitirse un pronóstico preciso.
Una tarjeta gráfica NVIDIA A40 consume aproximadamente 300 vatios, como tres bombillas incandescentes brillantes. Durante los cinco días y medio de entrenamiento, Sonny gasta menos electricidad que un refrigerador doméstico normal en el mismo período.
En el relato de Ray Bradbury «El sonido del trueno», el protagonista cambia el pasado y eso cambia el clima. Sonny es un paso hacia la predicción de tales cambios, incluso si provienen del caos de la atmósfera.