Imagina una estrella con un agujero negro escondido en su interior, que alimenta su luz. Los científicos han descubierto que estos objetos — las cuasiestrellas — podrían ser la fuente de los misteriosos “pequeños puntos rojos” del universo primitivo. Estos faros cósmicos viven muchísimo tiempo y no dependen de la composición química. Quizás sean ellos los que iluminan los rincones oscuros del joven cosmos.
El enigma del rápido crecimiento de los agujeros negros en el universo joven podría explicarse con las quasiestrellas. Son gigantescos capullos de gas con un agujero oculto en su interior. La materia que cae en él se calienta y emite tanta luz que impide que el capullo colapse. Tal objeto pesa miles de soles y brilla más que toda una galaxia.
Nuevas simulaciones mostraron que si el agujero engulle al menos una décima parte de la masa solar por año, todo el capullo se agita y emite una luz rojiza, exactamente como los misteriosos «puntos rojos» del cosmos lejano. Estos puntos han desconcertado a los astrónomos durante mucho tiempo. Debido a la expansión del universo, su luz se desplaza hacia el rojo, pero qué era lo que brillaba seguía siendo un misterio. Cuando la masa del capullo alcanza decenas de miles de masas solares, la curvatura del espacio-tiempo provoca inestabilidad y en el centro nace un agujero negro.
La paradoja es que el agujero negro, que normalmente absorbe luz, se convierte en la principal fuente de brillo. Al comparar el brillo observado de los puntos rojos con los modelos, los científicos descubrieron que coincide con el ritmo de absorción necesario. Así, las quasiestrellas se encendieron en el joven cosmos y probablemente se convirtieron en las semillas de los agujeros negros supermasivos.
🎯 Si una quasiestrella ocupara el lugar del Sol, su envoltura se extendería más allá de la órbita de Júpiter, y en su interior se escondería un agujero negro del tamaño de una ciudad pequeña.