La membrana celular no es solo una pared, sino una entrada con torniquetes. En ella se encuentran canales proteicos que dejan entrar y salir iones, generando así una carga eléctrica, como una batería que alimenta nervios y músculos. Los ingenieros llevan tiempo intentando crear canales artificiales, pero no lograban reproducir un detalle clave: el potencial dipolar. Se trata de un diminuto campo eléctrico en la boca del canal, de solo unos pocos angstroms de grosor (un angstrom es la diez mil millonésima parte de un metro, aproximadamente una diezmilésima del grosor de un cabello humano).
Un grupo de investigadores tomó un material de una sola capa atómica: sulfuro-seleniuro de molibdeno (MoSSe). En su interior ya posee un campo eléctrico incorporado, como las dos caras de una misma moneda con cargas opuestas. En esta lámina perforaron un poro de tamaño nanométrico. Y entonces ocurrió algo extraño. Normalmente, cuanto más sal hay en el agua, mejor conduce la electricidad: más iones, más corriente. Aquí, en cambio, la corriente no variaba, incluso al aumentar la concentración de sal un millón de veces. El poro actuaba como un limitador: sin importar cuántos iones se agolparan en la entrada, siempre pasaba la misma cantidad por segundo.
Las simulaciones por ordenador mostraron que todo se debe al agua dentro del poro. En un espacio tan reducido, las moléculas de agua se ordenan de manera especial y dejan de comportarse como un líquido común. El campo eléctrico del material modifica las propiedades de esa agua, que comienza a dejar pasar iones siempre a la misma velocidad, como una cinta transportadora a ritmo fijo. Este descubrimiento ofrece una nueva forma de controlar el transporte iónico, sin cambiar el tamaño del poro, solo mediante el material del que está hecho.
Un angstrom es la diez mil millonésima parte de un metro. Si ampliáramos un átomo hasta el tamaño de un balón de fútbol, un angstrom equivaldría a la longitud de un campo de fútbol.
En la serie 'The Expanse' (La expansión), los motores iónicos de las naves funcionan con un campo eléctrico que acelera iones. Controlar flujos iónicos a través de nanoporos es un paso hacia tecnologías así en la realidad.