En el Sol a veces ocurren llamaradas: explosiones brillantes que lanzan al espacio corrientes de partículas cargadas. El 22 de abril de 2021, una de estas llamaradas tuvo lugar en una región activa donde una mancha solar oscura estaba atravesada por un «puente» brillante de gas más caliente. Los astrónomos apuntaron dos telescopios, uno terrestre y otro espacial, hacia ese lugar y observaron la llamarada con una nitidez nunca antes lograda.
Dentro de la brillante cinta de la llamarada, que se extendía desde el puente de luz, se escondían pequeños grumos, «rebabas», como los llamaron los científicos. El diámetro de cada uno es de 233 a 895 kilómetros: es como la distancia de Moscú a Nizhni Nóvgorod. Los grumos no se quedaban quietos: se deslizaban a lo largo de la cinta a velocidades de 40 a 21 kilómetros por segundo, frenando gradualmente. Y cada seis minutos se encendían al unísono, como si fuera el latido de la llamarada.
¿De dónde sale ese ritmo? Los científicos sospechan que la clave está en las oscilaciones del propio Sol: su superficie «respira» constantemente con un periodo de unos cinco minutos. Estas oscilaciones quizás impulsan el proceso de reconexión de las líneas magnéticas, el mecanismo que da origen a la llamarada. Los haces magnéticos, retorcidos como cuerdas, se rompen y se reorganizan, liberando energía en porciones. Cada porción es una «rebaba».
Si estas diminutas estructuras son realmente los ladrillos elementales de las llamaradas, observándolas podremos aprender a predecir el clima espacial. Las llamaradas solares afectan a los satélites, las comunicaciones e incluso las redes eléctricas en la Tierra.
Un puente de luz en una mancha solar es como una grieta en el hielo: a través de ella asciende gas caliente desde las profundidades del Sol, y la mancha oscura parece partirse en dos.