Las nanopartículas de oro en líquido parecen pequeñas criaturas vivientes: cambian constantemente su estructura interna, como si respiraran. Los científicos lograron observar este proceso con un microscopio electrónico que toma imágenes cada milisegundo y una red neuronal que limpia las imágenes del ruido. Resultó que la red cristalina de las partículas a veces se vuelve estricta, como filas de soldados en un desfile, y a veces se deshace en desorden, como una multitud después de un concierto.
Estos cambios no son aleatorios. Dependen de lo que rodea a la partícula: qué moléculas flotan en el líquido, qué iones se adhieren a la superficie. Cuando el entorno cambia, la partícula se reestructura al instante. Esta "nerviosidad" afecta la velocidad de disolución del oro y cómo se fusionan los granos cristalinos vecinos. Antes estos procesos eran demasiado rápidos para verlos, pero ahora han caído en el lente.
Entender esta dinámica ayudará a crear catalizadores, sensores y otros dispositivos más estables donde las nanopartículas trabajan en líquido. Porque si se sabe cómo reacciona la partícula al entorno, se pueden elegir condiciones para que dure más y sea más confiable.
Una nanopartícula de oro contiene solo unos pocos miles de átomos, y cada uno puede moverse en milisegundos; en comparación, en un anillo de oro común los átomos están prácticamente inmóviles.
En la novela de Michael Crichton "El enjambre", los nanorrobots que pueden reconfigurarse según el entorno se salen de control; el estudio de estas nanopartículas dinámicas nos acerca a comprender tales escenarios.