Después del Big Bang, el Universo bullía como una 'sopa' ardiente de partículas fundamentales. Al expandirse y enfriarse, la sopa se fue 'solidificando' gradualmente en protones y neutrones, de forma parecida a la cristalización. Si la solidificación hubiera sido instantánea, como el crujir de un lago al congelarse, el tejido del espacio-tiempo se habría estremecido. Ese temblor habría generado ondas gravitacionales, una ondulación cuyas crestas durarían años. Se podrían detectar por las perturbaciones en las señales de los púlsares, faros naturales cuyos pulsos son tan precisos como relojes atómicos.
Sin embargo, los cálculos mostraron que incluso en el escenario más abrupto, en el que la materia permaneció líquida mucho más allá del punto de 'congelación', no hubo suficiente energía para una sacudida. El Universo se solidificó con una suavidad impecable, como un vidrio sin una sola burbuja.
Por lo tanto, lo más probable es que no haya habido ondas gravitacionales procedentes de la transición primordial. Esto no disminuye los misterios del Universo temprano; al contrario, nos motiva a buscar rastros de otros cataclismos, como los de la inflación cósmica, cuya idea fue propuesta por Alan Guth.
El agua superenfriada puede permanecer líquida a menos cuarenta, pero se solidifica instantáneamente con el más mínimo golpe. La 'sopa' cósmica también podría haberse superenfriado, pero incluso esa sacudida resultó demasiado débil para generar ondas gravitacionales.