La luz puede mantener un átomo en su lugar, como una corriente de aire sostiene una pelota ligera. Pero el átomo de disprosio no es una pelota cualquiera: en su interior tiene muchos 'engranajes' (electrones) que responden de manera diferente a la luz de distintos colores. Para atrapar un átomo así y evitar que se escape, es necesario saber con exactitud con qué fuerza lo empuja la luz.
Los científicos tomaron un láser con una longitud de onda de 530,306 nanómetros: es luz verde, un poco más azulada que el color de la hierba fresca. Lo dirigieron hacia un átomo de disprosio y midieron cómo cambia la energía del átomo según la polarización de la luz (cómo 'gira' la onda de luz). Obtuvieron dos números: uno indica la atracción total, el otro la diferencia para distintos estados del átomo. Estos números coincidieron con los cálculos realizados a partir de la teoría de la estructura atómica.
¿Para qué sirve esto? Estas mediciones permiten construir pinzas ópticas: trampas donde cada átomo se mantiene en su 'nido' de luz. Si se conoce la fuerza de atracción de antemano, se pueden colocar los átomos con precisión, como piezas en un tablero de ajedrez, y hacer que interactúen entre sí. Este es un paso hacia la computación cuántica, donde los átomos funcionan como cúbits.
Ahora los ingenieros tienen números verificados para la luz verde y pueden diseñar trampas para disprosio con mayor precisión que antes.
El disprosio debe su nombre a la palabra griega 'dysprositos', que significa 'difícil de alcanzar': de hecho, es complicado extraerlo del mineral.