Sobre la mesa hay un instrumento sensible: una balanza de torsión. Dos masas pesadas giran junto a una barra suspendida, y su atracción tiende a hacer girar esa barra. Pero las masas están dispuestas de modo que su atracción newtoniana ordinaria se cancela mutuamente: una tira hacia un lado, la otra hacia el opuesto. Solo queda un residuo débil, que es lo que capta el instrumento.
Si la gravedad a pequeñas distancias no se comporta exactamente según Newton, sino que, por ejemplo, se atenúa de forma ligeramente diferente (la llamada adición de Yukawa), entonces la atracción residual se manifestará. Los autores calcularon cuán fuerte podría ser esa señal y descubrieron que el instrumento puede detectar una desviación cien mil veces más débil que la atracción ordinaria a una distancia de ocho metros. Es como oír un susurro en una calle ruidosa.
La principal limitación no es el ruido electrónico, sino la precisión con la que se conoce la forma y la posición de las masas. Si se fabrican perfectamente, la sensibilidad chocará con este error sistemático después de unas 26 horas de acumulación de señal. A partir de ahí, la precisión no aumenta, por mucho que se espere. Este esquema mantiene la sensibilidad incluso para fuerzas de largo alcance, lo que permite probar teorías de la gravedad a distancias de centímetros a metros, allí donde las observaciones astronómicas convencionales son impotentes.
La balanza de torsión fue utilizada por primera vez por Henry Cavendish en 1798 para 'pesar la Tierra', es decir, medir la constante gravitacional. Su montaje era tan sensible que reaccionaba a la atracción de dos esferas de plomo de solo 158 kg cada una.