En un laboratorio donde se estudian cristales, el técnico mira la pantalla con un salpicón de manchas brillantes y gira lentamente la muestra hasta que las manchas forman un patrón simétrico. Es como sintonizar una radio vieja: giras la perilla hasta que el ruido se convierte en señal clara. Ahora, esa perilla la puede girar una máquina.
Los científicos crearon un programa que aprende a alinear cristales sin saber nada sobre cómo se forman esas manchas. El programa actúa por ensayo y error: gira el cristal, observa la imagen y recibe una recompensa si el patrón se acerca a la simetría. Poco a poco, memoriza qué movimientos llevan al éxito y empieza a actuar como un técnico experimentado.
Sorprendentemente, el programa, sin conocer la teoría, desarrolló las mismas técnicas que los humanos: primero gira el cristal de forma brusca y luego hace pequeños ajustes precisos. Esto significa que una máquina puede adquirir la habilidad humana simplemente mirando imágenes. Este enfoque permitirá crear instrumentos inteligentes que se ajusten solos para los experimentos, liberando a los científicos de la rutina.
Los cristales se alinean mediante imágenes de difracción: patrones de manchas que aparecen cuando los rayos X rebotan en los planos atómicos. Estos patrones son como huellas dactilares: revelan cómo están dispuestos los átomos en el interior.