El mundo cuántico se parece a una orquesta donde cada músico —una partícula— toca su parte, y juntos crean una sinfonía armoniosa. Pero basta con que aparezca ruido en la sala —chasquidos aleatorios e interferencias— para que la melodía empiece a desafinarse. Durante mucho tiempo se pensó que ese ruido (los físicos lo llaman decoherencia) simplemente destruía cualquier estado cuántico frágil, convirtiéndolo en una papilla clásica corriente. El nuevo trabajo demuestra que no siempre es así.
Los autores tomaron un modelo sencillo: una cadena de partículas que pueden apuntar "hacia arriba" o "hacia abajo", como pequeñas agujas magnéticas. En su estado fundamental, esta cadena se encuentra al borde entre el orden y el caos; esto se llama estado crítico, parecido al agua en el punto de congelación: aún no es hielo, pero ya no es líquido. Luego "encendieron" un ruido que actúa sobre cada partícula de manera independiente. Este ruido es de un tipo especial, el llamado ruido de Pauli, en honor a Wolfgang Pauli; se asemeja a empujones aleatorios que voltean o desvían ligeramente las agujas magnéticas. Se esperaba que el estado crítico se desmoronara, pero en su lugar surgió algo extraño.
Esto es como si la orquesta, a pesar del crepitar en la sala, siguiera tocando, pero ahora su música sonara como una grabación en un viejo vinilo: la melodía parece la misma, pero con un siseo característico. Lo más sorprendente es que ese siseo no es solo una interferencia, sino una nueva forma de orden. El ruido no mató el comportamiento crítico, sino que lo llevó a otro estado que se puede registrar con un detector simple: un cúbit adicional acoplado a la cadena. No se necesitan procedimientos complicados, como repetir el experimento muchas veces o seleccionar resultados afortunados.
En la práctica, esto significa que los efectos cuánticos pueden ser mucho más resistentes de lo que pensábamos. Incluso en un entorno ruidoso y caliente, no desaparecen sin dejar rastro, sino que se esconden en correlaciones que son accesibles a la medición. Es un paso hacia la comprensión de cómo el mundo cuántico transita al clásico, y de cómo podemos observar ese proceso en detalle.
El ruido en este trabajo no es solo una interferencia, sino una herramienta que crea una nueva longitud, como si los empujones desordenados construyeran una rejilla invisible. Esta longitud se manifiesta en el comportamiento de los correladores fermiónicos —objetos matemáticos que describen cómo las partículas "se sienten" entre sí a distancia.
En la novela "La ciudad de las permutaciones" de Greg Egan, el ruido y la decoherencia actúan como limitadores fundamentales para la computación cuántica; aquí, en cambio, el ruido se convierte inesperadamente en creador de un nuevo orden.