En la cocina hay un cubo con agua y otro igual con arena. Vertemos la arena en el agua y obtenemos una mezcla donde hay exactamente cinco veces más arena que agua. Así está organizado nuestro universo: hay una parte de materia ordinaria, de la que están hechas las estrellas, los planetas y nosotros mismos, y cinco partes de la esquiva materia oscura. Por qué la proporción es precisamente esta y no mil a uno o un millón a un millón es un viejo enigma conocido como el problema de la coincidencia.
Los autores del nuevo trabajo proponen una solución elegante: ambos tipos de materia están conectados por un 'buzón' común: el portal de neutrones. El neutrón, una partícula de nuestro mundo, puede transformarse por un instante en una partícula del sector oscuro y viceversa. En el universo temprano, cuando todo estaba caliente y denso, este intercambio funcionaba como un traductor entre dos idiomas desconocidos. Debido a esto, las cantidades de materia oscura y ordinaria quedaron rígidamente vinculadas, como vasos comunicantes donde el nivel del líquido siempre se iguala.
El punto clave es el fuerte sobreenfriamiento. Un frasco de miel muy pura puede permanecer líquido a temperaturas muy por debajo de su punto de congelación habitual. Pero basta con que aparezca un pequeño cristal para que toda la miel se solidifique al instante. Algo similar ocurrió en el sector oscuro: permaneció 'líquido' durante mucho tiempo y luego pasó bruscamente a un nuevo estado. Esta transición sacudió el espacio-tiempo y generó ondas gravitacionales con una frecuencia de nanohercios, precisamente la señal que recientemente registraron las redes de radiotelescopios que vigilan los púlsares. Así, un mismo modelo explica dos enigmas a la vez: la coincidencia de las cantidades y la naturaleza del misterioso zumbido del universo.
Como resultado, la masa de las partículas de materia oscura resulta naturalmente del orden de unos pocos gigaelectronvoltios, aproximadamente como la del protón. Y el principal 'cartero', el portal de neutrones, debe tener una masa miles de veces mayor, lo que abre la posibilidad de encontrar sus huellas en el Gran Colisionador de Hadrones o en experimentos con haces extraídos. Así, el agua ordinaria y la arena invisible resultan ser partes de una misma receta escrita en los primeros instantes después del Big Bang.
Si hubiera un poco menos de materia oscura, las galaxias no podrían haberse formado en las espirales habituales: el universo habría quedado como un puñado de estrellas solitarias sin estructura.
En la novela 'El bosque oscuro' de Liu Cixin, los hilos invisibles de materia oscura se usan como arma; aquí se convierten en la clave para entender el propio funcionamiento del cosmos.