Dentro de cada neurona hay un canal largo y delgado: el axón, por el que la señal viaja desde el cuerpo de la célula hasta otras células. Para que el canal funcione, las mitocondrias, unos orgánulos diminutos que producen energía, circulan constantemente por él. Se mueven en ambas direcciones, como coches en una carretera estrecha. Pero, ¿qué ocurre si la carretera es demasiado estrecha y los coches son demasiado diferentes?
Los científicos han creado un modelo informático en el que las mitocondrias no son simples puntos, sino objetos con su propia forma, flexibilidad y capacidad de empujarse. El modelo mostró que, si las mitocondrias son alargadas y rígidas, se alinean y avanzan rápido, como coches de carreras. En cambio, las cortas y flexibles empiezan a estorbarse y a crear atascos. El atasco crece y el movimiento casi se detiene.
Lo más desagradable ocurre cuando el atasco dura mucho tiempo: las mitocondrias presionan las paredes del axón y este empieza a hincharse, como una manguera demasiado llena. Esto podría ser el primer paso hacia el daño de la fibra nerviosa. Así que el equilibrio entre la división y la fusión de las mitocondrias no es solo un asunto interno de la célula, sino una cuestión de supervivencia de la neurona.
Esta perspectiva ayuda a entender por qué en algunas enfermedades del sistema nervioso, como el Parkinson, las mitocondrias se vuelven demasiado cortas y se producen atascos en los axones. El modelo sugiere dónde buscar el medicamento: no en las mitocondrias en sí, sino en cómo cambian su forma y cómo se empujan entre ellas.
Las mitocondrias son descendientes de antiguas bacterias que hace tiempo se instalaron dentro de las células. Tienen su propio ADN y todavía se dividen como bacterias, no como partes de la célula.
En la novela de Michael Crichton «La amenaza de Andrómeda», un microorganismo extraterrestre altera el funcionamiento de las mitocondrias y provoca la muerte instantánea de las células: es ciencia ficción, pero se apoya en la vulnerabilidad real de estos orgánulos.