Si lanzas un puñado de monedas sobre una mesa, caerán al azar. Pero en algunos cristales, los átomos se ordenan en un patrón que recuerda a una cesta tejida: la red kagome. En el metal MgMn₆Sn₆, los átomos de manganeso forman esta red, y a temperatura ambiente actúan como pequeñas agujas magnéticas. Solo que estas agujas no apuntan todas en la misma dirección, sino que se abren ligeramente en abanico en el plano de la capa. Esto se observó con neutrones, partículas que detectan el orden magnético.
Esta magnetización "en abanico" hace que los electrones no se muevan en línea recta, sino que sufran una desviación lateral: surge el efecto Hall (voltaje transversal). Su parte intrínseca, relacionada con la geometría de las órbitas electrónicas, alcanza 0.29 cuantos de conductancia por cada capa kagome y apenas cambia al girar el imán. Al enfriar, aparece además una contribución que depende de la dirección del campo. Esta nace de cómo los electrones se dispersan en las inhomogeneidades magnéticas: regiones con diferente magnetización.
Un material así es como un laboratorio en la palma de la mano: se puede estudiar cómo el patrón magnético y las correlaciones electrónicas controlan conjuntamente la corriente eléctrica. Quizás sea un paso hacia dispositivos donde la información se transmita no mediante carga, sino mediante la textura magnética, casi sin pérdidas. Y entonces, un puñado de monedas esparcidas sobre la mesa se convertirá en un delicado entramado por el que la corriente fluye sin resistencia.
La red kagome debe su nombre a la técnica japonesa de cestería: su patrón de triángulos entrelazados impide que los átomos se alineen en una fila simple, creando un "caos" magnético que da lugar a propiedades eléctricas inusuales.