La luz que atraviesa un cristal transparente puede cambiar de color de manera imperceptible. Así funcionan muchos láseres: una diminuta adición de un metal de tierras raras hace que el cristal brille. Pero un mismo metal se comporta de manera distinta en diferentes cristales, y los físicos han estudiado este capricho con el iterbio.
Tomaron dos cristales muy similares —fluoruro de bario y fluoruro de calcio— y añadieron a cada uno una cantidad ínfima de iterbio (menos de dos décimas por ciento). Los rayos X mostraron que ambos cristales permanecieron perfectamente uniformes, sin grietas ni deformaciones. Pero cuando se emplearon instrumentos más sensibles, resultó que el iterbio no se siente en absoluto igual en ellos. En un cristal prefiere ceder dos electrones y permanecer eléctricamente tranquilo, mientras que en el otro cede tres y crea a su alrededor una ligera tensión eléctrica.
La diferencia no radica en la resistencia general de la red cristalina, sino en cómo los átomos de bario o calcio conviven con los iones de iterbio. Dos anfitriones reciben a un invitado: en una casa el invitado está apretado y no deja de chocar con los muebles, mientras que en la otra hay espacio y se sienta tranquilamente. Así ocurre aquí: el ion de bario es más grande y genera más 'movimiento' alrededor del iterbio, mientras que el ion de calcio genera menos. Esto afecta la forma en que el cristal absorbe y emite luz. En el cristal con calcio, las ondas de luz se 'dividen' ligeramente —como un rayo blanco que atraviesa un prisma—, mientras que en el cristal con bario esto casi no ocurre. Comprender este ajuste fino permite elegir de antemano el cristal adecuado para cada tarea, ya sea un bisturí láser o un detector de partículas diminutas.
El iterbio debe su nombre a la localidad sueca de Ytterby, donde en una sola mina se encontraron cuatro elementos de tierras raras: itrio, terbio, erbio y el propio iterbio.