Dos imanes sobre una mesa se atraen o se repelen, según cómo estén orientados sus polos. Dentro de cada pieza se esconden diminutas regiones donde todas las flechas magnéticas apuntan en la misma dirección. Estas regiones se denominan dominios, y de su disposición depende cómo se comporte el material en un circuito eléctrico.
En los altermagnetos, una nueva clase de sustancias, los dominios están organizados de forma más compleja. Los momentos magnéticos de los átomos vecinos no solo son opuestos, sino que además están girados en el espacio de manera especial. Es como filas de bailarines que se mueven en antifase, pero cada uno ligeramente rotado. Hasta ahora, no se había logrado ver directamente ese panorama. Los autores del trabajo utilizaron un microscopio cuántico de barrido con una punta de diamante, un sensor ultrapreciso que percibe el campo magnético como un dedo percibe el calor de un radiador. Así, por primera vez, observaron los dominios en películas de MnTe de hasta varios átomos de espesor.
Resultó que la débil magnetización detectada por el microscopio nace en la interfaz entre la película y el sustrato. Es precisamente la responsable del efecto Hall anómalo: la aparición de un voltaje transversal en un conductor sin necesidad de un imán externo. Controlando el espesor de la película, se puede ajustar este efecto y, por tanto, diseñar futuros dispositivos donde la información se transmita no mediante la carga, sino mediante el espín del electrón.
Así, el microscopio cuántico se ha convertido en una ventana a través de la cual se ve cómo danzan las flechas magnéticas en el interior de la materia. Y esta danza, según se ha descubierto, no solo puede observarse, sino también dirigirse, como un director que con un movimiento de batuta cambia el ritmo de la orquesta.
La punta de diamante del microscopio cuántico detecta campos magnéticos cien mil veces más débiles que el campo de un imán de nevera.