El universo temprano se parecía a una banda elástica bien estirada. En algunas teorías, esa banda no es solo el espacio, sino enormes cuerdas vibrantes cuya tensión hacía que el mundo se expandiera a una velocidad inimaginable. Cuando la banda estalló —es decir, cuando la inflación terminó—, las cuerdas colapsaron y se aniquilaron, como burbujas que revientan en una olla hirviendo. Pero en lugar de vapor y salpicaduras, se liberó energía que pudo no ir a parar a una «sopa» ordinaria de partículas, sino a algo más extraño.
Los autores del estudio analizaron qué ocurre justo después de ese «colapso» en modelos donde la estabilidad no depende de saltos cuánticos, sino de correcciones suaves, como si una mesa no se sostuviera con imanes, sino con muchos tornillos pequeños ajustables. Resultó que la energía liberada puede llevar a las partículas visibles a un estado especial: el baño de cuerdas (fase de Hagedorn). En él, la temperatura no aumenta por más calor que se añada, como un pegamento sobrecalentado que sigue espeso aunque se caliente más. Este estado absorbe el exceso de energía y no permite que se convierta en partículas adicionales.
La conclusión práctica más importante se refiere a la llamada radiación oscura, un fondo invisible de partículas ligeras que distorsiona ligeramente la expansión del universo. Si la materia ordinaria (nuestras branas, las láminas multidimensionales donde viven las partículas) se encuentra en la misma «zona» donde ocurrió la aniquilación, incluso una pequeña fracción de energía que caiga en el baño de cuerdas reduce la cantidad de esa radiación por debajo de los límites observacionales actuales. Si nuestra materia está en otra zona, todo depende de la rapidez con que la energía fluye entre zonas: un flujo rápido o lento puede igualmente poner en marcha el baño, pero el mecanismo funciona mejor cuando la escala de cuerdas en nuestra zona es menor que en la zona de aniquilación, como si el agua hirviendo de un gran recipiente se vertiera en uno más pequeño.
Así, el final de la inflación no es una explosión caótica, sino una transición a un estado denso, casi sólido, de cuerdas que «devora» los excesos de energía. La misma banda elástica, al estallar, no se deshizo en pedazos, sino que se enrolló en un ovillo apretado que aún hoy determina cuánta luz y calor le tocaron a nuestro universo.
En el baño de cuerdas, el número de tipos de partículas crece tan rápido con la energía que la temperatura deja de subir, como si intentaras calentar una habitación y todas las calorías nuevas se destinaran a crear muebles que aún no existían.
En la novela «Excesión» de Iain Banks, una civilización usa «tecnología de cuerdas» para viajar entre dimensiones, y aquí el baño de cuerdas sirve como regulador natural de la energía en el universo recién nacido.