Un océano que impregna todo el espacio permanece invisible para nosotros. Ese océano es la materia oscura, y las olas en su superficie son partículas llamadas axiones. Son tan ligeros y escurridizos que atraviesan la Tierra sin siquiera notarla. Pero si estas olas chocan contra una orilla hecha de un material especial, pueden dejar una huella: una diminuta corriente eléctrica.
Esa orilla es precisamente la que proponen construir los científicos. Toman un cristal de semimetal de Weyl —un material en el que los electrones se mueven como si no tuvieran masa— y lo colocan en un intenso campo magnético. Cuando el campo de axiones atraviesa el cristal, empuja ligeramente a los electrones, haciendo que fluyan en una dirección. Se genera una corriente similar a la que circula por un cable cuando se aplica un voltaje. Pero aquí no hay voltaje alguno: solo la mano invisible de la materia oscura.
Para captar esa señal se necesita un instrumento tan sensible como un micrófono capaz de oír un susurro en el epicentro de un huracán. Ese micrófono es el SQUID, un interferómetro cuántico superconductor. Detecta los campos magnéticos que genera incluso la corriente más insignificante. Los cálculos indican que, con un cristal del tamaño de un sello postal en un campo magnético de 10 teslas (unas 200 000 veces más intenso que el imán de la nevera), la señal sería distinguible del ruido.
El nuevo método abre una ventana a regiones donde los axiones podrían haberse ocultado de las observaciones astronómicas. Antes se les buscaba por cómo enfrían las estrellas, pero ese enfoque tiene un límite. Ahora, desde el laboratorio, se puede sondear directamente el océano de materia oscura y, quizás, por fin comprender de qué está hecho.
Un femtoamperio es la milmillonésima parte de un microamperio. Si imaginamos que un amperio es un chorro de agua que llena un cubo en un segundo, un femtoamperio sería una sola gota cada 30 000 años.
En la novela «El bosque oscuro» de Liu Cixin, las partículas invisibles de materia oscura se usan como arma; aquí, en cambio, son la clave para desentrañar la estructura del universo.