El principio cosmológico —el axioma de que el Universo a gran escala es igual en todas direcciones— se asemeja a un suave zumbido de bajo que marca el tono de toda la sinfonía de estructuras. Sin él, las ecuaciones de la relatividad general no habrían tejido una imagen coherente de la expansión desde el Big Bang hasta nuestros días. Sin embargo, en este coro a veces se oyen notas disonantes: leves anomalías en el fondo cósmico de microondas o inexplicables coincidencias direccionales en objetos extragalácticos, como si algunos instrumentos desafinaran. Las supernovas de tipo Ia, esas calibradas «velas estándar», permiten comprobar si la orquesta cósmica toca realmente sin desafinar.
Tal comprobación fue el análisis de Pantheon+, una imponente recopilación de 1701 supernovas recabadas por veinte sondeos distintos a lo largo de décadas. Pero este catálogo no es un sonido puro, sino una manta de retazos cosida con telas muy diversas. Imagínese: unos retazos son densos como la lana, otros semitransparentes como la seda, y otros con un estampado difuso, casi de acuarela. Cada fragmento es un sondeo individual que cubre su porción de cielo con su propia profundidad y calidad. Los investigadores aplicaron dos métodos: la aproximación dipolar, añadiendo al cálculo de distancias una corrección con amplitud y dirección, y la comparación de hemisferios, probando casi 200 000 orientaciones de la esfera celeste. En el primero, introdujeron en la fórmula del módulo de distancia teórico un término \( \tilde{\mu}_{th} = \mu_{th} (1 + A_D (\hat{n} \cdot \hat{p})) \), donde \( A_D \) representa la fuerza de un imaginario «viento cósmico» y \( \hat{n} \) su dirección.
Cuando se examinó la manta en su conjunto, no se halló ningún viento: la amplitud dipolar \( A_D \) es compatible con cero. Pero al arrancar los «hilos» de los bajos corrimientos al rojo (Low-z, z < 0.093), surgió una débil señal con una significación de unos 2.3σ, apuntando hacia la constelación de Virgo: tenue pero intrigante, como un susurro en una habitación vacía. Más aún, al excluir los Low-z de la muestra completa, el eje preferido giró casi 140 grados, como si el dibujo de la manta se distorsionara al quitar una de las esquinas. El método de hemisferios confirmó que la dirección de máxima anisotropía prácticamente coincidía con el eje SNLS, y que añadir Low-z y los lejanos High-z apagaba la señal, igual que el agua extingue las chispas.
Esta historia recuerda no tanto a una grieta en la cosmología como a una ilusión óptica generada por la heterogeneidad de los datos. La energía oscura y la materia oscura siguen siendo fieles a un cosmos isótropo, y la ley de Hubble continúa rigiendo la expansión. Muy pronto, el Observatorio Vera Rubin (LSST) empezará a tejer un lienzo verdaderamente uniforme, donde cada retal será de la misma calidad. Entonces, o captaremos un susurro real de anisotropía, o nos convenceremos definitivamente de que la manta cósmica está tejida sin una sola costura, y que ningún parche distorsiona su verdadero dibujo. Mientras tanto, al mirar el cielo a través de una retícula irregular de telescopios, el universo que vemos siempre será, en parte, nuestra propia proyección.
Se puede comparar Pantheon+ con una manta de retazos cosida a partir de 20 «telas» diferentes: los sondeos astronómicos. Cada retazo tiene su propia textura y cubre una parcela del cielo, y los «parches» más brillantes (SNLS) son los que marcan la pauta de todo el diseño. Curiosamente, el anterior gran catálogo JLA contenía solo 740 supernovas, y las anomalías también se disipaban al aumentar los datos. Parece que la ilusión de anisotropía se desvanece, pero exige muestras realmente grandes y homogéneas.
La idea, familiar para los aficionados a la ciencia ficción, de un universo con un eje privilegiado —como en «El cohete de cuerda» de Greg Egan, donde las constantes físicas dependen de la dirección— se pone a prueba aquí no en las páginas de una novela, sino con datos reales.