En los primeros instantes después del Big Bang, el universo se expandió a una velocidad inimaginable. Esta expansión dejó tras de sí ondulaciones: diminutas sobredensidades en la radiación caliente y el plasma. Cuando el universo se enfrió, estos cúmulos comenzaron a vivir su propia vida: algunos se dispersaron, mientras que otros, los más densos, se comprimieron en agujeros negros.
Los autores del trabajo recrearon este proceso en una computadora utilizando las ecuaciones de Einstein en su forma completa, sin simplificaciones. No impusieron un escenario a mano, sino que permitieron que la materia y el espacio-tiempo dictaran el curso de los eventos. Resultó que el destino de un cúmulo depende de un solo número: si la sobredensidad inicial supera un umbral de aproximadamente 0.8 (en unidades arbitrarias de contraste de densidad), entonces no hay vuelta atrás: nace un agujero negro.
Este resultado no solo repite estimaciones anteriores, sino que les brinda una confirmación independiente. Es como volver a medir con otro instrumento: si dos métodos diferentes muestran lo mismo, entonces realmente entendemos algo sobre el nacimiento de los primeros agujeros negros. Y estos, a su vez, podrían explicar dónde se esconde la masa faltante del universo: la famosa materia oscura.
El cúmulo del que nace un agujero negro puede ser más pequeño que un átomo, pero su masa es como la de una montaña.
En la novela 'Solaris' de Stanislaw Lem, un océano inteligente es capaz de controlar la gravedad, de manera similar a como el universo temprano 'esculpe' agujeros negros a partir de las ondulaciones cuánticas.