Los relojes atómicos convencionales se parecen a un diapasón que hay que mantener en silencio y quietud perfectos. El más mínimo movimiento y la nota se desafina. Lo mismo ocurre con los átomos: su movimiento térmico desplaza la frecuencia de la radiación, y los relojes ultraprecisos requieren que las partículas estén casi completamente detenidas. Esto es complicado, caro y voluminoso.
Los autores del trabajo idearon cómo 'escuchar' la nota pura incluso en una ruidosa orquesta de tres millones de átomos de estroncio calentados a temperatura ambiente. La clave son dos ingeniosos protocolos de excitación. El primero golpea al átomo con tres pulsos láser cuyas frecuencias están ajustadas para que el efecto Doppler se anule mutuamente. El segundo protocolo actúa en dos pasos: primero un fotón, luego un par. Ambos métodos redujeron el tiempo de manipulación a un microsegundo, miles de veces más rápido que antes.
Ahora ese mismo diapasón puede usarse no en un laboratorio silencioso, sino directamente en una calle ruidosa. El resultado no es solo una aceleración, sino la eliminación de los estrictos requisitos de vacío y enfriamiento. Esto significa que los relojes atómicos ultraprecisos pueden volverse más pequeños, baratos y accesibles, por ejemplo, en satélites o en dispositivos cuánticos móviles.
Los tres millones de átomos del experimento son aproximadamente el número de personas en una ciudad como Madrid, pero todos cabían en un volumen menor que un dedal.
En la novela 'La eternidad' de Greg Egan, los relojes cuánticos que no requieren temperaturas criogénicas se convierten en la base de la navegación interestelar.