Justo después del Big Bang podrían haber nacido diminutos agujeros negros primordiales. Stephen Hawking pensaba que no crecían: el plasma caliente a su alrededor se mueve demasiado rápido para caer en una pequeña zona de captura (el radio de Schwarzschild). Una nueva investigación da vuelta esta idea. Resulta que los agujeros pueden saciar su hambre con neutrinos, partículas fantasmales que normalmente atraviesan la materia como si nada.
Gracias a la inflación (idea de Alan Guth) y a la expansión del universo, en cierto momento los neutrinos empiezan a comportarse como presas, cayendo en el agujero negro. Esto permite a los agujeros primordiales ganar una masa de entre mil y un millón de masas solares. Una conclusión inesperada: estos agujeros crecidos podrían ser la mismísima materia oscura que mantiene unidas las galaxias.
Ahora, el telescopio James Webb puede vislumbrar las huellas de estos banquetes en galaxias lejanas, y los detectores de ondas gravitacionales (LIGO) captar las ondulaciones de sus fusiones. La materia oscura, tal vez, deja de ser tan oscura.
Los neutrinos atraviesan un año luz de plomo sin inmutarse, pero en la 'cocina' ardiente del universo temprano se convierten en el plato principal de los agujeros negros voraces.
En la novela 'Contacto' de Carl Sagan, los agujeros negros son portales para viajes. Aquí crecen a costa de partículas fantasmales, y esto no es ciencia ficción, sino la frontera de la ciencia.