El libro está abierto por la mitad. Por el lomo corre la corriente, y las páginas permanecen frías. Así funciona un aislante topológico bidimensional: un material donde la electricidad fluye solo por los bordes, mientras el interior permanece inmóvil. Antes se pensaba que para tal truco se necesitaban cristales especiales con un poderoso 'vórtice' interno que invirtiera las bandas de energía. Es como buscar un libro con el lomo ya conductor: la elección es escasa.
El enfoque moderno recuerda al arte de la encuadernación. Se toman dos láminas ordinarias de espesor atómico y se superponen con una ligera rotación. En la unión nace una nueva propiedad: esa corriente de borde. El ángulo de giro, el orden de las capas, incluso las moléculas pegadas lateralmente actúan como ajustes de encuadernación. Y un campo eléctrico externo o un estiramiento actúan como una mano que dobla ligeramente el libro, haciendo que la corriente aparezca o desaparezca.
Este método permite convertir en aislantes topológicos incluso materiales que por sí mismos son 'aburridos'. En lugar de cazar cristales raros, los científicos ahora diseñan las propiedades deseadas en la unión de capas. Este enfoque recuerda a la cocina: con los mismos ingredientes, cambiando solo la forma de combinarlos, se obtienen platos completamente diferentes. En el futuro, esto dará lugar a una electrónica donde la señal no calienta los cables y la información se almacena en el propio 'lomo' entre las capas.
Girar dos capas de grafeno en un 'ángulo mágico' de 1,1 grados lo transforma de conductor a superconductor: es el mismo principio de topología de ingeniería, pero para otras propiedades.
En la novela 'Acelerando' de Charles Stross se describe una civilización que almacena datos en la topología del espacio-tiempo, similar a cómo estos materiales codifican información en la propia geometría de las nubes electrónicas.