Lanza una piedra al agua: justo en el punto de impacto las ondas son caóticas — eso es el campo cercano. Más lejos se expanden en círculos perfectos — el campo lejano. Este mismo principio rige las antenas para la comunicación por terahercios, el futuro de internet ultrarrápido.
Las ondas de terahercios operan en frecuencias cientos de veces más altas que el Wi‑Fi, transmitiendo datos casi a la velocidad de la luz. Pero se atenúan rápidamente en el aire, por eso los ingenieros agrupan las antenas en conjuntos compactos. En una habitación común, unos científicos midieron cómo la señal se refleja en paredes y muebles y descubrieron que, con el más mínimo desplazamiento del receptor, el patrón cambia bruscamente. La señal está como viva. Luego crearon un algoritmo que reconoce el tipo de onda —cercana o lejana— por la forma de su frente, apoyándose en las leyes que Maxwell formuló en el siglo XIX.
Un giro inesperado: a solo dos metros de distancia, el 90 % de la energía viaja precisamente por el campo cercano, esas mismas salpicaduras desordenadas junto a la «piedra». Antes se creía que la comunicación solo funcionaba en el campo lejano, pero ahora está claro: el secreto de la transmisión ultraveloz se esconde en el caos de cerca.
A la banda de los terahercios se la llamó durante décadas «el abismo» por falta de instrumentos. Hoy es el tema más candente de la ingeniería de radio.
Los hologramas volumétricos de la ciencia ficción se harán realidad con la comunicación por terahercios, que transmite miríadas de datos sin demora.