Un flash fotográfico que se dispara en una milésima de segundo no calienta el objeto, a diferencia de uno normal que dura un segundo entero. En radioterapia se descubrió un truco similar: cuando la dosis de radiación se administra en milisegundos en lugar de minutos, los tejidos sanos sufren menos. Esto se llamó efecto FLASH.
Las células cancerosas mueren igual que siempre, pero la piel o las mucosas alrededor del tumor quedan casi intactas. Durante décadas se buscó la causa, y el principal sospechoso fue el oxígeno. Es él quien determina cuánto daño causa la radiación a una célula viva. Con una dosis ultrarápida en tejidos con un nivel moderado de oxígeno, la química cambia: en lugar de radicales hidroxilo agresivos (moléculas destructoras), se forman más electrones 'libres', que son menos peligrosos.
Así, las fluctuaciones de oxígeno en el tumor y sus alrededores pueden ser la clave para ajustar el tratamiento. Por primera vez se logró medir la rapidez con que el tejido 'consume' oxígeno justo durante la dosis ultrarápida: el consumo de un minuto se convierte en uno de milisegundos. Esa velocidad cambia todo el panorama de la química de la radiación.
Ahora que está claro que el efecto FLASH no es un milagro, sino un ajuste preciso del régimen de oxígeno, se pueden diseñar los aparatos. Estos 'verán' la saturación de oxígeno en el tejido y ajustarán la velocidad de la dosis de forma individual. Ese mismo flash fotográfico, pero que salva vidas.
Con una dosis ultrarápida de radiación, el tejido consume oxígeno tan rápido que localmente se crea una 'sombra de oxígeno' temporal, que es lo que protege a las células sanas.
En la novela 'El marciano' de Andy Weir, el protagonista sobrevive gracias al control preciso del oxígeno; aquí el mismo principio gobierna el destino de las células bajo el haz.