Agua hirviendo en una olla: por ahí hay que empezar. Las burbujas de vapor suben, estallan y la superficie se calma. Más o menos así, en los primeros instantes de la vida del universo, podría haberse comportado un campo especial que llenaba el espacio: en él se inflaban y chocaban burbujas de una nueva fase, como islotes de vapor en un líquido. Antes se pensaba que después de la colisión el campo se congelaba al instante y se convertía en partículas ordinarias. Una nueva investigación dice que no: no habrá una calma inmediata.
Cuando dos burbujas chocan, sus paredes se mueven a una velocidad enorme, casi como la de la luz. En ese instante, el campo no se extiende en una capa uniforme, sino que se ondula: se forman pendientes pronunciadas, como pliegues en una sábana arrugada. Estos pliegues almacenan energía de movimiento y tardan en alisarse. La simulación por computadora en una, dos y tres dimensiones mostró que cuanto más rápido volaban las paredes de las burbujas (y la velocidad se mide con un número que los físicos llaman gamma-estrella), más tiempo se comporta el campo no como materia pesada, sino como algo intermedio entre materia y radiación. Radiación es cuando la energía está distribuida por el espacio, como la luz en una habitación; materia es cuando está concentrada en grumos. Pues bien, tras la colisión de burbujas, la mezcla resulta intermedia: ni lo uno ni lo otro.
La transición a materia real comienza solo cuando los pliegues-inhomogeneidades se estiran junto con la expansión del universo, más o menos como el dibujo en un globo que se infla. O cuando el campo se calma a sí mismo mediante colisiones internas y transformaciones de partículas. Este proceso se alarga: la materia comienza a dominar solo cuando el universo sea más viejo en un número de veces igual a esa gamma-estrella. Si las burbujas se movían con gamma-estrella igual a mil, habrá que esperar mil veces más de lo que se pensaba. Y esto ya cambia el panorama para muchos fenómenos que nacieron en esa época.
Ese retraso no es una nimiedad. Afecta directamente a qué ondas gravitacionales (la ondulación del propio espacio) nos llegan de aquellos tiempos, cuántos agujeros negros primordiales pudieron formarse y cómo se distribuía la invisible materia oscura. Todo esto ya no se parece a una olla, sino más bien a una cámara lenta de una burbuja de jabón que estalla: la película no desaparece al instante, sino que tiembla y se reúne en gotas solo después de un tiempo notable.
Si las burbujas en el universo temprano chocaran a una velocidad cercana a la de la luz, su energía sería tan grande que una sola de esas burbujas podría, por un breve tiempo, eclipsar a una galaxia entera, pero no habría nadie para verlo.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, una máquina construida según los planos de extraterrestres crea una burbuja de espacio-tiempo que se mueve a través de agujeros de gusano, un eco de la idea de burbujas que cambian la propia trama de la realidad.