En las primeras fracciones de segundo después del Big Bang, el universo fue un escenario de cambios vertiginosos. Una lámina de goma estirada que se enfría rápidamente se cubre de microgrietas. Un proceso similar a escala cósmica pudo dar origen a las cuerdas cósmicas: hebras de energía finísimas pero superdensas que se extendían por todo el universo.
Estas cuerdas no son meros defectos del espacio. Su tensión, una especie de «rigidez», dependía de un campo especial que rodaba suavemente hacia su mínimo, como una canica que cae en un hoyo. Pero los físicos descubrieron un matiz curioso: la «canica» no pasaba de largo ante el hoyo. La frenaba la fricción creada por el «ruido» de fondo: las ondas gravitacionales que emitían las propias cuerdas al desintegrarse. Es como un ciclista que baja una pendiente: no choca contra un muro, sino que frena suavemente accionando los frenos.
La investigación mostró que diferentes tipos de cuerdas se comportaban de manera distinta. Unas, parecidas a efímeras «burbujas», desaparecían rápidamente, creando ese fondo que frenaba. Otras, más estables, vivían más tiempo y se desintegraban cuando el campo ya oscilaba alrededor de su mínimo. En ese momento contenían casi un tercio de toda la energía del universo. Su desintegración masiva generó un característico «pico» de ondas gravitacionales: no uno, sino varios, en diferentes frecuencias.
Así, el antiguo «tañido» de las cuerdas cósmicas, como un eco, podría traernos la historia de cómo se forjó el tejido del cosmos en el primer instante.
Una cuerda cósmica del grosor de un protón pesaría como una cordillera. Si una cuerda así atravesara tu habitación, no notarías su grosor, pero sentirías cómo el suelo se desplaza una fracción de milímetro por un instante.