Un estadio repleto de espectadores escucha por primera vez la voz del comentarista y, al instante, todo el estadio se pone en movimiento. El mensaje suena una y otra vez. Solo un puñado de personas en las filas cercanas reacciona. Algo similar ocurre con las redes neuronales en los organoides cerebrales, versiones en miniatura del cerebro cultivadas en laboratorio.
Los investigadores estimularon los organoides con impulsos eléctricos y registraron la respuesta mediante una matriz de microelectrodos. Se esperaba una onda, como las ondas en el agua. Pero resultó lo contrario. La respuesta no fue una onda, sino oscilaciones de redes neuronales sincrónicas en toda la red, sin retardo en los detectores. Los biólogos denominan a esto comportamiento colectivo de las neuronas.
Lo más interesante surgió en los experimentos repetidos. Los organoides estimulados diariamente redujeron gradualmente su actividad: ya en la quinta sesión la respuesta abarcaba solo el 10% de los electrodos, mientras que el primer día fue del 93%. El argumento decisivo lo aportó el grupo de control. Un organoide recibió el primer estímulo solo en el séptimo día de desarrollo y mostró una respuesta completa. Esto descartó la influencia de la maduración. Así se confirmó que la experiencia repetida reorganiza la red, impidiéndole responder a una señal familiar.
Las neuronas del organoide aprenden a distinguir lo importante de lo rutinario, como los aficionados que dejan de saltar ante cada anuncio. Estos hallazgos cambian la forma de plantear los experimentos con organoides. Ahora está claro: la estimulación repetida modifica el propio sistema. Es algo que debe tenerse en cuenta en futuras investigaciones. Quizá algún día estos modelos ayuden a entender los mecanismos del aprendizaje y la memoria.
Los organoides cerebrales se cultivan a partir de células capaces de convertirse en cualquier tejido; forman redes neuronales que recuerdan a las primeras etapas del desarrollo cerebral.