En física nuclear, un enigma llevaba tiempo sin resolverse: ¿por qué entre los elementos más ligeros que el bismuto solo el tecnecio (n.º 43) y el prometio (n.º 61) no tienen ni un solo isótopo estable? Todos sus vecinos en la tabla periódica pueden presumir de al menos una variante de larga vida, pero estos dos parecen escapar a la regla general. Un grupo de investigadores abordó el problema como si buscara 'huecos' en la secuencia de los núcleos más ligeros con masa impar. Descompusieron las masas de los isóbaros (núcleos con el mismo número de partículas pero distinta carga) en dos componentes: una parábola suave y saltos bruscos entre protones impares y neutrones impares.
La parte suave se describe bien con los modelos estándar del núcleo que tienen en cuenta la estructura de capas. Pero los saltos son la clave del misterio. En la zona del tecnecio y el prometio, resultaron ser positivos y bastante grandes. Por eso, la secuencia de los isóbaros más ligeros parece 'saltar' por encima de ellos.
El análisis del llenado de las capas nucleares mostró que el cambio escalonado observado en las masas está relacionado con un tipo especial de interacción: el efecto tensorial en el par protón-neutrón. Este efecto depende de la orientación mutua de los espines (momentos de rotación intrínsecos) de las partículas y de la forma de sus órbitas. En definitiva, la naturaleza parece decir: 'Aquí, en los números 43 y 61, la estabilidad no tiene cabida'. Así, las fuerzas tensoriales, normalmente imperceptibles frente a otras interacciones nucleares, se manifestaron en estado puro.
El tecnecio fue el primer elemento obtenido artificialmente: se sintetizó en 1937, y su nombre proviene del griego 'technetos' (artificial).
En la novela 'Fiasco' de Stanisław Lem, el tecnecio se menciona como un elemento raro utilizado en tecnologías del lejano futuro.