Cuando una estrella muchas veces más pesada que el Sol muere, se contrae y explota como supernova. No es solo un destello de luz: todo el proceso, desde el colapso del núcleo hasta la dispersión de la envoltura, genera una vibración del propio espacio. Estas ondas se denominan gravitacionales.
Los científicos tomaron docenas de modelos tridimensionales de explosiones y descubrieron que el rumor gravitacional de las supernovas se compone de dos partes. El sonido grave, con una frecuencia de alrededor de una décima de hercio, nace cuando los neutrinos (partículas ligeras) escapan de manera desigual. El agudo, por encima de cien hercios, lo produce la materia burbujeante en el centro. El sonido grave es el más fuerte. Su pico cae dentro del rango de las futuras antenas espaciales, que captarán las ondulaciones del espacio flotando libremente a millones de kilómetros de distancia entre sí.
Este rumor podría convertirse en una interferencia para otras búsquedas. Su intensidad es comparable al eco de los primeros instantes después del Big Bang. Para escuchar el susurro antiguo, los astrónomos tendrán que aprender a restar del ruido el estruendo de las estrellas moribundas.
La memoria gravitacional de los neutrinos se asemeja a una deformación residual: tras el paso de la onda, el espacio no vuelve a su estado original, sino que queda ligeramente estirado.