Un gas superfluido es como una multitud que marcha al unísono: cada átomo sabe hacia dónde moverse y no se desvía del ritmo común. Pero esta multitud tiene tres «valles»: tres direcciones diferentes por las que puede avanzar. En el nuevo experimento, los físicos hicieron que uno de los valles fuera ligeramente «más ventajoso» que los otros, y se pusieron a observar cómo la multitud se debatía entre ellos.
Resultó que, cuando el desequilibrio es pequeño, los dos valles «perdedores» empiezan a vibrar en contrafase: si uno gana gente, el otro la pierde. Es como dos vasos comunicantes: cuanta más agua entra en uno, tanta más sale del otro. Y cuando aumentaron el desequilibrio, uno de los valles quedó de repente «encerrado»: sus oscilaciones se volvieron similares a las de un péndulo en un embudo estrecho: se balancea de un lado a otro, pero no puede escapar.
Los científicos construyeron un modelo sencillo que explica este comportamiento: los tres valles intercambian átomos por parejas, y este intercambio determina la rigidez de todo el sistema. Cuando la rigidez es baja, las barreras entre los valles se «ablandan» y los átomos deambulan libremente. Cuando la rigidez es alta, un valle se convierte en una trampa, y los átomos en él oscilan como una pesa en un muelle. Estas mediciones abren una nueva vía para observar la vida oculta de los líquidos cuánticos, donde el orden y el desorden disputan constantemente.
El helio superfluido, enfriado por debajo de dos grados Kelvin, puede fluir sin fricción e incluso «trepar» por las paredes de un tubo de ensayo abierto, como si ignorara la gravedad.
En la novela de Greg Egan «La escalera de Schild», los estados cuánticos y sus «valles» se convierten en la base para viajar entre universos: allí los personajes saltan literalmente de una realidad a otra, como los átomos en este experimento.