Las moléculas de Rydberg se asemejan a una pareja de bailarines que se toman de las manos con los brazos extendidos. Uno de los compañeros es un ion, el otro es un átomo, y el vínculo entre ellos es débil, como un hilo invisible. Esta pareja puede existir solo un instante, pero ese instante se estira hasta microsegundos: toda una eternidad a escala del micromundo.
Los científicos calcularon la rapidez con la que se desintegran estas moléculas compuestas de rubidio y litio. Resultó que la velocidad de desintegración no cambia de manera gradual, sino a saltos, dependiendo del número cuántico n. Esto es similar a cómo un péndulo oscila con mayor o menor fuerza al compás de empujes externos. La causa es la interferencia cuántica: las ondas de probabilidad se refuerzan o se cancelan mutuamente.
Estos cálculos ayudarán a los experimentalistas a observar la desintegración de la molécula en tiempo real mediante un microscopio de iones. Es como filmar con una cámara cómo se desmorona un castillo de arena, solo que en lugar de arena, hay ondas cuánticas.
Las moléculas de Rydberg fueron predichas ya en el año 2000, pero se obtuvieron por primera vez en laboratorio recién en 2016.