Durante tres días seguidos, un láser golpeó un chorro de gas y, cada segundo, se generaba un haz de electrones con una energía comparable a la de un pequeño rayo. Antes, estos haces solo se obtenían en enormes salas donde el acelerador ocupaba un edificio entero. Ahora, todo el sistema cabe en una habitación y funcionó sin fallos durante 72 horas.
El secreto está en que el pulso láser crea una onda en el gas, como la estela que deja una lancha rápida. Los electrones cabalgan sobre esa onda y se aceleran hasta alcanzar velocidades cercanas a la de la luz. Durante siete meses en la fábrica, el sistema no falló ni una vez: el haz se mantuvo estable y la energía se mantuvo en el mismo nivel con una precisión del uno por ciento.
Luego, el haz se dirigió hacia un blanco metálico y se convirtió en rayos X. Estos rayos atravesaron gruesas piezas de material compuesto y revelaron defectos del tamaño de un cabello humano: una centésima de milímetro. Antes, estas grietas internas solo se detectaban después de que la pieza se rompiera.
Ahora, la fábrica puede inspeccionar cada pieza antes del ensamblaje. El acelerador láser ha dejado de ser un juguete de laboratorio: se ha convertido en una herramienta de trabajo que está en el taller y trabaja todos los días.
La energía de los electrones en el haz alcanzaba los 100 megaelectronvoltios, suficiente para atravesar varios centímetros de acero.