Bajo el microscopio electrónico, una proteína se ve como una serie de sombras borrosas: cientos de miles de imágenes de la misma molécula, pero desde ángulos distintos y con un fuerte ruido. Antes, a partir de esas sombras se armaba primero una 'neblina' tridimensional: un mapa de cómo se distribuye la carga eléctrica dentro de la proteína. Y solo después, mirando esa neblina como un escultor mira un bloque de mármol, se tallaba el modelo atómico.
El nuevo enfoque hace las cosas de otra manera. Toma una plantilla ya hecha de la cadena proteica, como un armazón de alambre, y comienza a doblarla, girarla y desplazarla hasta que las sombras de ese armazón coincidan con las imágenes reales. Nada de neblina intermedia. La proteína se compara directamente con las imágenes, como si se comprobara la forma de una llave introduciéndola en la cerradura, en lugar de dibujar la cerradura a partir de una impresión.
Para que el armazón se doble de manera creíble, sus movimientos se limitan con reglas que impiden que la proteína se 'rompa'. Es como una muñeca articulada: los brazos y las piernas solo giran en las articulaciones. Con datos artificiales, el método reconstruyó tanto cadenas individuales como proteínas complejas de varias cadenas, captando incluso las transiciones entre diferentes formas.
Al final, el camino desde las sombras borrosas hasta el modelo nítido se ha acortado en un paso. Y cuanto más corto es el camino, menos errores se acumulan en el trayecto.
En un experimento de crio-microscopía electrónica, las moléculas de proteína se congelan tan rápido que el agua que las rodea no tiene tiempo de convertirse en hielo, sino que se transforma en vidrio.