Una piedra lanzada describe un arco, pero un planeta alrededor del Sol traza una curva cerrada. ¿Por qué precisamente una elipse y no un círculo o una espiral? La respuesta la da la primera ley de Kepler, pero su demostración habitual requiere cálculos complejos. Este trabajo propone un camino más corto, a través de una simple razón de velocidades.
Los autores observan que si se toma la velocidad del planeta y se proyecta en dos direcciones —la línea que va del Sol al planeta y un eje fijo—, la razón de esas proyecciones permanece constante durante todo el movimiento. Esto se sigue directamente de las leyes de Newton, sin integrar las ecuaciones. Y la constancia de esa razón es un criterio geométrico conocido desde hace tiempo para la elipse (en realidad, para cualquier sección cónica).
Se obtiene así un puente entre la física y la geometría: la ley del inverso del cuadrado garantiza por sí sola que la órbita sea una elipse. La demostración es breve y visual, y cabe en una pizarra con tiza.
Este enfoque recuerda que detrás del movimiento planetario no solo hay una fuerza, sino también geometría pura. La elipse no es una forma casual, sino una consecuencia directa de cómo está hecha la atracción.
Si la fuerza de atracción no disminuyera con el cuadrado de la distancia, sino de otra manera, las órbitas de los planetas no serían elipses: podrían ser abiertas o incluso escapar al infinito.