Una molécula de cobre almacena información cuántica en su espín, algo así como un diminuto imán que puede apuntar hacia arriba o hacia abajo. Pero a su alrededor siempre hay calor, y los átomos de la molécula no dejan de vibrar. Esa vibración va desorientando el espín poco a poco, y la información se pierde. La pregunta es: ¿qué movimientos atómicos son los que más interfieren?
Antes se creía que los culpables eran las distorsiones lentas de toda la molécula, como si esta se torciera ligeramente. Pero los cálculos con esas distorsiones daban un tiempo de vida del espín incorrecto. Los experimentos, en cambio, apuntaban a otra cosa: las rápidas extensiones del enlace entre el átomo de cobre y los átomos de nitrógeno vecinos. El problema era que, en una molécula cálida y vibrante, resulta difícil aislar los movimientos individuales.
Los científicos registraron la corta "vida" de la molécula a temperatura ambiente, midiendo cómo el espín percibe el campo magnético cada pocos femtosegundos. Luego, la computadora descompuso ese registro en vibraciones individuales y determinó cuáles están más fuertemente acopladas al espín. Resultó que los principales culpables son las rápidas extensiones del enlace metal-nitrógeno, mientras que las distorsiones lentas casi no influyen, aunque su amplitud sea grande.
Ahora, con este conocimiento, se puede modificar la molécula de antemano para que las vibraciones dañinas sean más débiles y la memoria cuántica dure más.
Las tres porfirinas estudiadas se diferencian solo por los sustituyentes en la periferia del macrociclo, pero sus tensores g fluctúan de manera distinta: en la CuOEP, la menos distorsionada, la amplitud de las fluctuaciones es comparable a la de la CuTiPP, la más distorsionada, mientras que en la CuTPP, intermedia, es notablemente menor. La geometría estática no predice la dinámica.