Una burbuja de hidrógeno en un electrodo de platino se comporta como un nadador que intenta salir a la superficie, pero cada vez que casi se desprende, algo lo agarra por los pies desde abajo. En el laboratorio, este comportamiento se registró con una cámara de alta velocidad: una burbuja de un milímetro permanece suspendida cerca de la superficie, aunque la fuerza de Arquímedes la empuja hacia arriba con una intensidad miles de veces mayor de lo que la tensión superficial podría retener.
El secreto resultó estar en las burbujas pequeñas que nacen continuamente en el electrodo. Cuando la burbuja grande asciende, choca con esas pequeñas y se fusiona con ellas. Tras cada fusión, la burbuja combinada gira bruscamente y se mueve hacia abajo a velocidades de hasta 13 centímetros por segundo. Esto es cien veces más rápido de lo que ascendía antes del choque.
Para entender de dónde proviene el empujón, los autores construyeron un modelo computacional de la fusión. Resultó que cuando dos burbujas de distinto tamaño se fusionan, la superficie de separación se contrae de manera desigual: gran parte de la energía se emplea en frenar el líquido cerca de la burbuja pequeña. Esa asimetría genera un impulso viscoso dirigido hacia el electrodo. La magnitud del impulso aumenta con la diferencia de tamaños de las burbujas.
Con las fusiones repetidas, los impulsos se acumulan como los golpes de muchos martillitos. La fuerza total alcanza un orden de una millonésima de newton, comparable a la fuerza de Arquímedes para una burbuja de medio milímetro de radio. Las fuerzas electrostáticas y los efectos de Marangoni, que antes se consideraban posibles candidatos, resultaron ser un orden de magnitud más débiles.
Este descubrimiento cambia las reglas del juego para los electrolizadores, donde las burbujas blindan los electrodos y reducen la eficiencia. Si se aprende a controlar la frecuencia de fusión, se podría hacer que las burbujas se desprendan antes o, por el contrario, retenerlas por más tiempo. Para ello basta con variar la corriente, la textura de la superficie o la composición del electrolito. Así, un ancla invisible de miles de pequeños empujones se convierte en una herramienta en manos de los ingenieros.
Una burbuja milimétrica retenida en el electrodo puede formarse mediante hasta cien mil fusiones con microburbujas, cada una de las cuales dura menos de un milisegundo.
El control de burbujas mediante coalescencia en cascada recuerda a las tecnologías de la ciencia ficción, donde robots microscópicos retienen colectivamente macroobjetos, aunque aquí el papel de los robots lo desempeñan las propias burbujas.