
En 1916, Karl Schwarzschild obtuvo una solución de las ecuaciones de Einstein que describía un cuerpo esférico donde aparecía una singularidad. Más tarde, John Wheeler acuñó el nombre «agujero negro», y Stephen Hawking demostró que las singularidades se forman inevitablemente al morir las estrellas grandes.
Cuando una estrella muy masiva agota su combustible, su núcleo se desploma hacia dentro. La gravedad comprime la materia tanto que incluso los núcleos atómicos se desintegran, y todo colapsa en un punto infinitamente pequeño: la singularidad. La curvatura del espacio-tiempo se vuelve tan empinada que cualquier camino conduce solo hacia adentro, como el agua que cae en un embudo inevitablemente va hacia el desagüe. Por eso ni la luz ni la materia pueden escapar de vuelta.
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