
La Edad del Hierro comenzó alrededor del 1200 a.C., pero el primer hierro trabajado fue el meteorítico. Los hititas de Asia Menor aprendieron a fundir el metal a partir del mineral. En 1747, el médico francés Pierre Mende de la Grosse demostró la presencia de hierro en la sangre, y un siglo después, Henry Bessemer inventó el convertidor para la producción masiva de acero.
En el alto horno, parecido a un volcán ardiente, los óxidos de hierro se reducen con carbono: el carbón 'quita' oxígeno, dejando metal puro. En nuestro cuerpo, el hierro, al cambiar de carga, se 'carga' con oxígeno en los pulmones y se 'descarga' en los tejidos, como una batería que asegura la respiración continua.
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