
La idea del detector se remonta a los trabajos pioneros de Joseph Weber en los años 1960, pero solo en 2015 el interferómetro perfeccionado LIGO, creado bajo la dirección de Rainer Weiss y otros, registró por primera vez ondas gravitacionales procedentes de la fusión de dos agujeros negros.
El rayo láser se divide en dos que recorren brazos perpendiculares de cuatro kilómetros. Tras reflejarse en los espejos, los rayos se encuentran y se anulan mutuamente, pero la más mínima asimetría en las longitudes —debida a una onda gravitacional— rompe la cancelación perfecta, revelando la señal.