
En 1932, Karl Jansky detectó casualmente una señal de radio procedente del centro de la Galaxia, y desde entonces los astrónomos empezaron a construir radiotelescopios.
Enormes antenas parabólicas, como orejas, captan el eco de radio cósmico, lo amplifican y lo convierten en imágenes: donde hay más brillo, la fuente es más potente.