
Los primeros cuásares se detectaron en la década de 1950 como fuentes de radio puntuales. En 1963, el astrónomo holandés Martin Schmidt midió el corrimiento al rojo de 3C 273 y comprendió que el objeto era increíblemente lejano y, por tanto, monstruosamente brillante. Los cálculos se basaron en la ley de Hubble, descubierta por Edwin Hubble.
La fuerza de gravedad acelera la materia que cae hasta velocidades cercanas a la de la luz. Al chocar las partículas, la energía cinética se transforma en calor: el disco de acreción se calienta hasta la incandescencia. El exceso de energía se escapa en forma de chorros estrechos que salen disparados de los polos del agujero en rotación.