
En la década de 1950, el físico Eugene Parker predijo que la caliente corona solar no podía ser retenida por la gravedad y debía expandirse como un flujo supersónico (más rápido que el sonido). A principios de los años 60, las primeras sondas espaciales confirmaron su teoría.
Se puede comparar con el vapor sobre una olla hirviendo: la atmósfera exterior del Sol (corona) está calentada a millones de grados, lo que acelera las partículas y las hace escapar al espacio, arrastrando consigo el campo magnético.
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