En una sala con 80 asesores, cada uno grita lo suyo, y si simplemente escuchas a todos y tomas el promedio, obtienes un batiburrillo. Lo mismo ocurre con los pronósticos de El Niño: el modelo produce 80 futuros posibles, pero no todos son igualmente útiles. Unos fallan menos, otros más, y otros hablan de algo completamente distinto. Normalmente, los pronosticadores promedian los 80 con pesos según su precisión general, pero eso es como dar la palabra tanto al sabio como al charlatán.
Los autores de este nuevo estudio decidieron hacer algo diferente: construyeron un grafo donde cada pronóstico es un nodo, y una línea entre nodos indica que dos pronósticos son similares en su error y en cómo sus valores cambian sincrónicamente. El resultado es una red en la que algunos pronósticos se agrupan, como un grupo compacto de personas con ideas afines, mientras que otros quedan dispersos en los bordes. Luego, el algoritmo identificó comunidades, es decir, grupos de nodos estrechamente conectados.
Estos 20 pronósticos no solo son más precisos individualmente: presentan menor dispersión del error entre diferentes plazos, transiciones más suaves entre las fases de El Niño y La Niña, y están más densamente conectados en el grafo. En plazos de hasta 23 meses, la correlación con la realidad se mantuvo por encima de 0.4, y la mejora en comparación con el modelo original fue de alrededor del 10%. Esto es especialmente notable después del año 2000, cuando el clima se volvió más variable.
Antes no estaba claro cómo seleccionar los pronósticos realmente fiables entre los 80, en lugar de simplemente promediarlos todos con pesos. Ahora está claro: el núcleo concordante de 20 pronósticos, identificado mediante el grafo de similitud, ofrece un pronóstico de El Niño más estable y preciso en plazos de hasta dos años. El método no entrena un nuevo modelo, sino que pone orden en un conjunto ya existente.
En resumen, la sala con 80 asesores se convierte en un pequeño consejo de ancianos: menos ruido, más consenso, y el pronóstico a dos años suena más seguro. El grafo no predice por sí mismo, pero ayuda a escuchar a quienes realmente saben.
El modelo se entrenó con datos de 1875 a 1975 y se probó con datos de 2000 a 2017. Entre estos períodos hay un cuarto de siglo que el modelo nunca vio. Esa brecha se dejó a propósito para evitar el efecto de la memoria del océano y comprobar si el pronóstico funciona en condiciones completamente diferentes.