El telescopio James Webb ha detectado galaxias masivas con corrimientos al rojo tan grandes que, según el modelo estándar, deberían haberse formado demasiado pronto. Un estudio muestra que tener en cuenta las velocidades peculiares —el movimiento propio de las galaxias respecto a la expansión general— puede explicar estas observaciones sin introducir nueva física. Así como el sonido de una sirena cambia de tono, el movimiento de las galaxias distorsiona su distancia y edad aparentes. Esto resuelve la contradicción, manteniéndose dentro de la relatividad general.
En una autopista, un flujo constante de coches a veces se convierte en un atasco debido a frenazos aleatorios. En el universo joven, la expansión general de las galaxias después del Big Bang se asemejaba a ese movimiento ordenado. Pero cada galaxia también realizaba sus propias maniobras: frenaba o aceleraba por la atracción de sus vecinas. Estos desplazamientos actuaban como congestiones locales: donde las galaxias se acercaban, las nubes de materia oscura y gas se aglomeraban más rápido, acelerando el nacimiento de sistemas estelares gigantes. Antes, los cosmólogos ignoraban estas maniobras, pero los datos del telescopio James Webb mostraron su papel crucial en el universo primitivo. Tener en cuenta estas desviaciones dentro de la teoría de la relatividad y el modelo estándar explica por completo el enigma de las galaxias bebés masivas. Y lo más sorprendente: estas diminutas irregularidades del movimiento, que se consideraban un error, resultaron ser la clave que evitó a los científicos tener que inventar nueva física.
🎯 Los movimientos propios de algunas galaxias las aceleran hasta 1000 km/s, decenas de veces más rápido que la expansión general del universo a las mismas distancias.