Una orquesta toca dentro de un frigorífico gigante. Los músicos son los cúbits, las celdas elementales de la computadora cuántica. Para que suenen afinados hace falta silencio: los ruidos térmicos apagan la melodía. Por eso el corazón del procesador cuántico se enfría hasta casi el cero absoluto: menos 273 grados Celsius.
Pero la música hay que sacarla afuera, para el público. Los cables que van del frío a la sala templada se parecen a largos pasillos donde el sonido se distorsiona y se apaga. Cada uno de esos cables introduce calor hacia dentro y destruye el delicado estado cuántico. Los autores del artículo recuerdan: los procesadores cuánticos actuales ya han demostrado su utilidad, pero sin resolver el problema de la transmisión de señales no se podrá reunir una gran orquesta.
La salida no es solo tapar las 'ventanas', sino trasladar parte de la electrónica directamente al frío. Diminutos amplificadores que trabajen a esos mismos menos 273 podrían recoger la señal débil y enviarla ya reforzada. Otro camino es aprender a comprimir la información: en lugar de cien cables, tender uno solo, pero que transmita todo el 'concierto' de una vez, sin enredos.
El círculo se cierra: si la orquesta aprende a tocar de modo que se la oiga incluso fuera del frigorífico, las computadoras cuánticas dejarán de ser una rareza de laboratorio. Podrán resolver problemas que hoy están fuera del alcance de todos los superordenadores del mundo juntos.
La temperatura dentro de un procesador cuántico superconductor es cientos de veces más fría que el espacio exterior: allí, lejos de las estrellas, todavía hace 'calor': unos menos 270 grados.
En la novela 'Luz falsa' de Peter Watts, una nave alienígena utiliza computación cuántica a temperaturas ultrabajas, y los protagonistas se ven obligados a trabajar en condiciones donde un pensamiento puede desmoronarse ante un movimiento torpe.