Fluctuaciones aleatorias en un sistema causadas por el movimiento térmico de sus partículas constituyentes.El ruido térmico, también conocido como ruido de Johnson–Nyquist, es el voltaje o la corriente eléctrica aleatoria que surge en cualquier conductor o componente electrónico debido a la agitación térmica de sus portadores de carga (generalmente electrones). A cualquier temperatura por encima del cero absoluto, las partículas están en constante movimiento errático; en un conductor, este movimiento se traduce en diminutos campos eléctricos fluctuantes que aparecen como un siseo de fondo en cualquier medición. Es un límite fundamental e inevitable: no se puede reducir mejorando la calidad de un dispositivo, solo enfriándolo o estrechando el ancho de banda de la medición.
El efecto fue medido por primera vez por John B. Johnson en los Laboratorios Bell en 1926, y explicado teóricamente ese mismo año por Harry Nyquist, quien derivó la fórmula para la potencia del ruido utilizando la termodinámica y la mecánica estadística.
En una resistencia, los electrones chocan constantemente con la red de átomos, y sus velocidades térmicas aleatorias crean un voltaje fluctuante entre los terminales. La potencia media de este ruido es proporcional a la temperatura absoluta y al ancho de banda de frecuencia observado, independientemente del material o del valor de la resistencia. Por eso, los detectores sensibles, desde radiotelescopios hasta equipos de registro neuronal, deben enfriarse a temperaturas criogénicas para reducir la energía térmica y, con ella, el piso de ruido que enmascara las diminutas señales de interés.
El ruido térmico establece el límite de sensibilidad fundamental en toda medición electrónica, desde los detectores de ondas gravitacionales hasta los amplificadores del receptor de tu teléfono inteligente; también se aprovecha como fuente natural de números aleatorios en hardware criptográfico.
El mismo ruido térmico que limita la sensibilidad de los registros neuronales es también el que permite que ciertas neuronas biológicas disparen espontáneamente incluso en ausencia de un estímulo, un fenómeno que ayuda a mantener los circuitos cerebrales en alerta.




